Oración y evangelización
El Espíritu Santo
El origen, el poder y la dirección en la evangelización
Artículo elaborado a partir de enseñanzas del pastor Ricardo Rentería sobre la oración y la vida cristiana
La oración como expresión de dependencia, comunión y rendición ante Dios.
Todo empieza con el Espíritu
El verdadero evangelismo no comienza con una estrategia, una agenda o un programa, sino con la acción de Dios.
El Espíritu Santo es quien convence, transforma, guía, capacita y produce fruto. Podemos preparar actividades, estudiar métodos, elaborar materiales y presentar el evangelio con claridad, pero ninguna de esas cosas puede dar vida al corazón humano.
Sin el Espíritu no hay nueva vida.
Sin el Espíritu no hay poder espiritual verdadero.
Jesús mismo dijo:
«El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida».
Antes de enviar a sus discípulos hasta lo último de la tierra, Jesús les prometió el poder del Espíritu Santo:
«Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».
El Espíritu no nos es dado para alimentar una experiencia encerrada en nosotros mismos. Nos capacita para vivir como testigos de Cristo y anunciar su evangelio.
La oración expresa nuestra dependencia del Espíritu
La oración no sustituye la obra del Espíritu Santo ni es un mecanismo para obligarlo a actuar. Es una expresión de rendición, comunión, humildad y dependencia ante Dios.
No oramos simplemente para que nuestros planes salgan bien. Oramos para entregar nuestros planes, nuestros deseos y nuestra voluntad a Aquel que conoce todas las cosas y obra según su propósito.
«La verdadera oración crea y transforma la vida de quien la practica. La oración secreta, ferviente y llena de fe es la raíz de la santificación y de la comunión personal con Dios».
Reflexión atribuida a William Carey
La oración no existe para manipular a Dios ni para reclamar bendiciones. Es el lugar donde dejamos de aferrarnos a nuestra voluntad y aprendemos a descansar en la soberanía divina.
La oración de fe no consiste en visualizar y proclamar aquello que deseamos, sino en confiar en Dios, pedir conforme a su voluntad y someternos a lo que Él quiera hacer.
Orar no es intentar que Dios se someta a nuestros deseos.
Es aprender a someter nuestros deseos a Dios.
La oración nos transforma a nosotros
Martín Lutero comparó la necesidad de orar con la necesidad de respirar. También se ha expresado una verdad semejante diciendo que Dios no se impresiona por la abundancia de nuestras palabras, sino que mira la sinceridad del corazón.
En la oración verdadera no intentamos impresionar a Dios. Nos presentamos ante Él tal como somos, con nuestras debilidades, pecados, temores, dudas y necesidades.
No tenemos que fingir fortaleza delante de quien ya nos conoce por completo.
«Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro».
Nos acercamos con nuestras debilidades.
Encontramos misericordia.
Recibimos gracia para el momento de necesidad.
La oración no cambia el carácter de Dios ni le proporciona una información que desconozca. Cambia nuestra disposición ante Él. Nos hace conscientes de nuestra necesidad, confronta nuestro orgullo y nos enseña a descansar en su gracia.
La oración acompaña la misión
El libro de los Hechos muestra repetidamente a creyentes que oran, buscan la dirección de Dios y obedecen la guía del Espíritu Santo.
Felipe
Fue dirigido a acercarse al carro del funcionario etíope y anunciarle a Jesucristo.
Hechos 8:29
Pedro
Mientras oraba, Dios preparó su corazón para entrar en la casa de Cornelio.
Hechos 10:9-20
Pablo y Bernabé
Fueron llamados y enviados en un contexto de adoración, oración y ayuno.
Hechos 13:2
«Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».
La oración no fue una preparación secundaria para la misión. Formaba parte de la vida de una Iglesia que deseaba escuchar, discernir y obedecer.
Las promesas de Dios, la oración perseverante y la dependencia de Él sostuvieron la obra de misioneros como Hudson Taylor. Esos mismos fundamentos continúan sosteniendo hoy a la Iglesia.
Oración, dirección del Espíritu y obediencia.
No como una fórmula, sino como una vida completamente dependiente de Dios.
Diferentes expresiones de una misma comunión
La Biblia presenta distintas formas de oración. No son compartimentos cerrados ni fórmulas rígidas, sino expresiones de una relación viva con Dios.
Oración de acción de gracias
«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias».
Oración de adoración
La Iglesia de Antioquía ministraba al Señor y ayunaba cuando el Espíritu Santo apartó a Bernabé y a Saulo para la obra misionera.
Hechos 13:2
Oración de intercesión
«Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres».
Oración de fe
«Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados».
Oración congregacional
«Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones».
Oración de sumisión
«Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú».
Todas estas expresiones nacen de un corazón que reconoce la soberanía de Dios y busca su voluntad por encima de la propia.
El mayor obstáculo: descuidar la oración
Si sabemos que la oración es fundamental, ¿por qué nos cuesta tanto perseverar en ella?
Cansancio
Rutina
Distracciones
Autosuficiencia
Pecado no confesado
Falta de perseverancia
Una iglesia puede estar llena de actividades y, al mismo tiempo, descuidar su comunión con Dios. Podemos organizar, planificar y trabajar hasta agotarnos mientras caminamos apoyados únicamente en nuestras fuerzas.
Cuando la oración desaparece, no siempre se detiene la actividad. A veces ocurre lo contrario: multiplicamos la actividad porque ya no sabemos detenernos a escuchar, esperar y depender.
Mucha actividad no siempre significa mucho poder espiritual.
Volver al Espíritu, volver a la oración
Algunos desean evangelizar, pero comienzan sin buscar la dirección de Dios. Otros oran mucho, pero no están dispuestos a obedecer aquello que Dios ya ha revelado en su Palabra.
La oración verdadera no termina en una emoción interior. Nos conduce a la obediencia. Nos prepara para ir, hablar, servir, perdonar, perseverar y hacer aquello que Dios nos ha mandado.
Oramos porque dependemos de Dios.
Escuchamos su Palabra porque necesitamos su verdad.
Obedecemos porque reconocemos su autoridad.
Volver a la oración es volver a la comunión, a la humildad y a la conciencia de que separados de Cristo no podemos producir fruto.
