Evangelización y Gran Comisión
La Gran Comisión
Una misión imposible sin el Espíritu Santo
Por Fortunato Prado
Cristo nos envió a evangelizar, pero no nos dejó solos.
Cuando Jesús resucitó, no se despidió de sus discípulos con palabras vacías. Les dejó un encargo, el más grande de todos:
«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén».
Esta es la misión que define a la Iglesia, el propósito que atraviesa generaciones y el llamado que alcanza a cada creyente.
Pero seamos sinceros: cumplir este mandato no es algo que podamos hacer únicamente con nuestras fuerzas. No se trata solo de hablar, sino de hacer discípulos. No basta con transmitir información; necesitamos ver vidas transformadas.
Y transformar el corazón humano es una obra que solamente Dios puede realizar.
La promesa antes del envío
Antes de enviar a sus discípulos hasta lo último de la tierra, Jesús les hizo una promesa que lo cambia todo:
«Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».
El orden establecido por Jesús es claro:
Primero
El poder del Espíritu
Después
El testimonio
El Espíritu Santo no fue prometido para que los discípulos vivieran una experiencia espiritual encerrados en sí mismos. Recibirían poder para convertirse en testigos de Jesucristo.
Sin el Espíritu, nuestro testimonio depende únicamente de nuestras fuerzas.
Sin el Espíritu, nuestras palabras no pueden producir vida.
Sin el Espíritu, no puede haber fruto espiritual que permanezca.
La oración fue su primer paso
Después de escuchar las últimas instrucciones de Jesús, los discípulos no emprendieron inmediatamente la misión mundial. Regresaron a Jerusalén y permanecieron unidos, esperando el cumplimiento de la promesa.
¿Qué hicieron durante aquella espera?
Oraron.
«Todos éstos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos».
Antes de salir hasta lo último de la tierra, la Iglesia permaneció unida en el aposento alto. La misión comenzó en un lugar de espera, obediencia y dependencia.
Antes de los pasos por las calles,
hubo rodillas dobladas.
La oración no sustituye la obediencia ni la proclamación. Nos prepara para obedecer y expresa que la misión no nos pertenece. Dependemos de la dirección, la fortaleza y el poder de Dios.
Evangelizar sin el Espíritu es predicar sin vida
Podemos pensar que evangelizar consiste únicamente en repartir folletos, organizar campañas, repetir determinados argumentos o invitar a las personas a una actividad.
Todas esas herramientas pueden resultar útiles, pero el verdadero evangelismo es mucho más profundo. La evangelización es una obra espiritual porque se dirige a una necesidad espiritual que ninguna técnica humana puede resolver.
Es hablar con valor porque el Espíritu nos fortalece.
Es sentir compasión porque Él quebranta nuestro corazón.
Es sembrar con fe porque sabemos que Él es quien convence.
Jesús mismo dijo:
«Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio».
Debemos presentar el evangelio con claridad, responder preguntas y razonar a partir de las Escrituras. Pero ningún argumento, por perfecto que sea, puede regenerar el corazón.
Nosotros anunciamos la verdad.
El Espíritu Santo convence y transforma.
El Espíritu Santo: el corazón de la misión
El Espíritu Santo no es un detalle secundario ni algo reservado para determinados creyentes. Es Dios obrando en su Iglesia y por medio de ella.
El libro de los Hechos muestra que el Espíritu dirige la misión, envía a los obreros, abre corazones, concede valor para anunciar la Palabra y produce fruto en quienes reciben el evangelio.
El Espíritu llama y envía
«Ministrando éstos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».
Dios abre el corazón
«Y una mujer llamada Lidia […] estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía».
El Espíritu concede valor
«Cuando hubieron orado […] todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios».
El Espíritu produce fruto
«Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza».
Una iglesia puede tener edificios, programas, actividades, recursos y una organización excelente. Pero si depende únicamente de su capacidad humana, corre el riesgo de convertirse en una estructura exteriormente activa, pero espiritualmente vacía.
La misión necesita la vida y el poder que proceden de Dios.
¿Queremos cumplir la Gran Comisión?
Entonces dependamos del Espíritu.
Si realmente queremos obedecer a Jesús, debemos aprender de la Iglesia primitiva. Aquellos primeros creyentes no confiaron en sus recursos, su influencia social ni su capacidad de persuasión.
Esperaron la promesa, perseveraron en oración y salieron cuando fueron capacitados y enviados por Dios.
«Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen».
«Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios».
«Ellos, entonces, enviados por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia».
No se trata solamente de hacer lo que nosotros podamos.
Se trata de hacer lo que Él quiere, guiados y sostenidos por el Espíritu Santo.
Lo más importante no es solamente ir
También necesitamos vivir llenos del Espíritu.
Hoy disponemos de muchas estrategias. Tenemos campañas, medios de comunicación, redes sociales, plataformas digitales, materiales impresos y métodos de evangelización.
Podemos y debemos utilizar responsablemente todos los recursos que Dios ponga en nuestras manos. Pero ninguna herramienta puede sustituir nuestra dependencia de Él.
Jesús lo dijo con absoluta claridad:
«Separados de mí nada podéis hacer».
La Gran Comisión no comienza solamente con pasos en la calle. Comienza con creyentes que permanecen unidos a Cristo, buscan a Dios en oración y reconocen que separados de Él no pueden producir fruto.
Comienza con rodillas dobladas.
Con corazones quebrantados.
Con una dependencia absoluta de Dios.
