Evangelismo y testimonio
Podemos conocer métodos, dominar argumentos y participar en muchas actividades; pero antes de usar nuestras palabras para hablar de Cristo, nuestra vida debe aprender a reflejar su carácter.
Artículo elaborado a partir de enseñanzas y materiales compartidos por el pastor Ricardo Rentería
El Evangelio también se hace visible
Cuando pensamos en evangelizar, casi siempre pensamos en hablar: explicar el Evangelio, compartir un versículo, entregar un folleto o invitar a alguien a la iglesia. Todo eso es importante. La fe viene por el oír, y el mensaje de Jesucristo debe ser anunciado con claridad. Sin embargo, quienes nos escuchan también observan nuestra manera de vivir.
Observan cómo tratamos a nuestra familia, cómo reaccionamos cuando algo sale mal, cómo hablamos de los demás, cómo usamos el dinero, cómo respondemos a una ofensa y cómo servimos cuando nadie nos aplaude. Antes de aceptar una invitación o escuchar una explicación bíblica, muchas personas se preguntan en silencio:
«Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»
Jesús no dijo que las buenas obras sustituyeran el mensaje. Dijo que una vida iluminada por Dios puede llevar a otros a glorificar al Padre. Las obras no salvan, pero pueden confirmar que el Evangelio que proclamamos está transformando realmente nuestra existencia.
El ser debe preceder al hacer
En las cartas a Timoteo y a Tito, Pablo describe las cualidades que deben distinguir a quienes sirven y ejercen responsabilidad espiritual. Resulta llamativo que la mayor parte de esas cualidades no se refieran al talento, la elocuencia o la capacidad de organizar. Hablan de carácter: ser sobrio, prudente, amable, hospitalario, dueño de uno mismo, íntegro y poseedor de un buen testimonio.
El principio se extiende a todo creyente. Dios no está interesado únicamente en lo que hacemos para Él; también está obrando en lo que somos delante de Él. El servicio cristiano no puede separarse de la formación del carácter cristiano.
Carácter antes que reconocimiento
Servimos para que Cristo sea conocido, no para construir una imagen espiritual de nosotros mismos.
Madurez antes que protagonismo
El entusiasmo es valioso, pero debe crecer acompañado de doctrina, dominio propio y humildad.
Comunión antes que actividad
Ninguna agenda ministerial puede sustituir el tiempo de intimidad, oración y obediencia al Señor.
Una vida que otros pueden leer
En ocasiones se ha llamado al testimonio cristiano «el quinto evangelio». La expresión no pretende añadir nada a los cuatro Evangelios inspirados de la Biblia. Es una manera de recordar que, para muchas personas, la primera aproximación a Jesucristo será la vida de un creyente cercano.
Tal vez todavía no hayan leído Mateo, Marcos, Lucas o Juan, pero observan al compañero de trabajo que se niega a participar en una injusticia, a la vecina que acompaña a quien está solo, al matrimonio que aprende a perdonarse o al creyente que conserva la esperanza en medio del dolor.
Una vida así no reemplaza la predicación, pero abre preguntas y prepara conversaciones.
Irreprensible no significa perfecto
Uno de los términos que Pablo emplea al hablar del liderazgo cristiano es irreprensible. Esto no significa vivir sin cometer nunca un error. Si esa fuera la condición, nadie podría servir. Significa que no exista una contradicción deliberada y permanente entre lo que confesamos y la manera en que vivimos.
El creyente maduro no es quien nunca falla, sino quien no se acostumbra a ocultar su pecado. Reconoce sus faltas, pide perdón, acepta corrección y vuelve a caminar en la luz. Incluso nuestra manera de arrepentirnos puede dar testimonio de la obra de Dios.
«Manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras.»
La oración transforma al mensajero
El carácter de Cristo no se produce mediante fuerza de voluntad ni técnicas de superación personal. Crece en una relación de dependencia con Dios. Por eso la oración ocupa un lugar central en la vida de quien desea evangelizar.
Orar no consiste únicamente en presentar una lista de necesidades. Es acercarnos al Padre, rendir nuestra voluntad, reconocer nuestras debilidades y permitir que el Espíritu examine nuestras motivaciones. La oración de fe no busca obligar a Dios a cumplir nuestros deseos; descansa en su soberanía, su gracia y su misericordia.
En la oración, Dios puede mostrarnos el orgullo que se esconde detrás del servicio, la impaciencia que acompaña nuestras palabras o la falta de amor con la que algunas veces intentamos defender la verdad. Antes de preparar al evangelista para hablar, Dios quiere preparar su corazón para amar.
«Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.»
No nos acercamos porque seamos fuertes, sino porque Cristo conoce nuestras debilidades. Tampoco oramos para aparentar santidad, sino para ser transformados en la presencia de Aquel que es santo.
La hospitalidad también es evangelización
Entre las cualidades cristianas aparece la hospitalidad. No se limita a ofrecer alojamiento; significa recibir, hacer espacio y tratar al otro como alguien valioso. En una sociedad marcada por la prisa, la soledad y las relaciones superficiales, sentarse a escuchar puede convertirse en un acto profundamente misionero.
Jesús compartió mesas, entró en hogares y se acercó a personas que otros evitaban. La mesa no sustituyó su mensaje, pero creó un lugar donde la verdad podía ser escuchada en medio de una relación real.
- Abrir nuestra casa a una conversación sincera y sin prisas.
- Escuchar con atención antes de intentar dar una respuesta.
- Acompañar una necesidad sin convertir la ayuda en propaganda.
- Compartir nuestra fe con naturalidad, respeto y claridad.
- Permanecer cerca después de la primera conversación.
Muchas personas no entrarán inicialmente en un templo, pero sí aceptarán un café, una comida o una conversación. La hospitalidad puede ser el puente por el que alguien se acerque por primera vez al mensaje de Jesús.
Verdad y ternura deben caminar juntas
Evangelizar exige fidelidad al mensaje. No podemos esconder el pecado, el arrepentimiento, la cruz ni la necesidad de nacer de nuevo. Pero la firmeza bíblica no autoriza la dureza personal.
«Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.»
Jesús nunca rebajó la verdad, pero tampoco trató a las personas como proyectos o estadísticas. Vio multitudes y tuvo compasión. Tocó al leproso, escuchó al ciego, recibió al rechazado y habló con dignidad a quienes vivían lejos de Dios.
Verdad sin amor
Puede convertir el mensaje correcto en una experiencia fría, orgullosa o hiriente.
Amor sin verdad
Puede ofrecer cercanía temporal sin conducir a la persona hacia el arrepentimiento y la vida nueva.
Antes de salir, miremos el corazón
Prepararse para evangelizar no consiste solamente en memorizar versículos o aprender una presentación. También implica permitir que Dios examine la vida del mensajero.
Podemos preguntarnos:
- ¿Mi conducta cotidiana confirma o contradice el mensaje que anuncio?
- ¿Sirvo para glorificar a Cristo o para recibir reconocimiento?
- ¿Cómo reacciono cuando me corrigen, me rechazan o no valoran mi trabajo?
- ¿Mi familia conoce la misma versión de mí que conoce la iglesia?
- ¿Hay alguna relación en la que deba pedir perdón o buscar reconciliación?
- ¿Estoy cultivando una vida personal de oración y obediencia?
- ¿Trato a los no creyentes con interés verdadero o solamente como objetivos?
Estas preguntas no buscan paralizarnos. Si tuviéramos que alcanzar la perfección antes de servir, nunca comenzaríamos. Nos llaman a caminar con humildad, sabiendo que el mismo Cristo que nos envía también continúa formándonos.
