En buena tierra

Evangelización y Gran Comisión

En buena tierra

La parábola del sembrador y la misión de la Iglesia

Por Fortunato Prado

La semilla es la Palabra, la tierra es el corazón y la cosecha pertenece a Dios.

Hay una pregunta que puede llegar a desanimar a cualquier creyente que comparte el evangelio: si la Palabra de Dios tiene poder para salvar, ¿por qué tantas personas la escuchan y, sin embargo, no responden?

La pregunta se vuelve todavía más desconcertante cuando contemplamos el ministerio de Jesús. Nadie predicó como Él. Nadie habló con su autoridad, manifestó con tanta pureza el carácter de Dios ni acompañó sus palabras con señales tan poderosas. Sanó enfermos, expulsó demonios, dominó la naturaleza, perdonó pecados y anunció con claridad la llegada del reino de Dios.

Y, sin embargo, muchos no creyeron.

Los dirigentes religiosos lo rechazaron. Las multitudes lo seguían, pero no siempre buscaban la verdad. Algunos querían pan, sanidad o milagros. Deseaban un Mesías que resolviera sus problemas, pero no necesariamente un Salvador que los librara del pecado ni un Señor ante quien rendirse.

Otros se acercaron con entusiasmo y después lo abandonaron.

Si Jesús era el Mesías prometido y el reino de Dios había llegado, ¿por qué las respuestas eran tan diferentes? ¿Estaba fracasando la predicación?

La parábola del sembrador responde a estas preguntas. Pero también prepara a la Iglesia para comprender lo que encontrará cuando salga a cumplir la Gran Comisión.

Nos enseña que la misma Palabra puede producir reacciones muy distintas porque no cae sobre corazones iguales. Nos recuerda que nuestra responsabilidad es sembrar fielmente, pero que no podemos fabricar el fruto. Y nos anima a no abandonar la misión, porque cuando Dios prepara la tierra, la cosecha puede superar todo lo que alcanzamos a imaginar.

El sembrador salió a sembrar

Marcos 4 presenta a Jesús enseñando junto al mar de Galilea. Se reunió tanta gente alrededor de Él que tuvo que subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en tierra, junto a la orilla.

Desde aquel púlpito flotante, Jesús dijo:

«Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar. Y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno».

Marcos 4:3-8

La escena era familiar para quienes lo escuchaban. El sembrador llevaba la semilla y la esparcía ampliamente sobre el terreno. Parte caía en los senderos endurecidos por las pisadas; otra, sobre una delgada capa de tierra que ocultaba la roca; otra, entre raíces de espinos; y otra, en tierra fértil.

Todos podían comprender la escena agrícola. Pero Jesús no estaba enseñando a cultivar un campo. Estaba revelando cómo avanza el reino de Dios por medio de la predicación de la Palabra.

La parábola comienza con una orden:

«Oíd»

Y termina con otra:

«El que tiene oídos para oír, oiga»

La cuestión principal no es solamente que la Palabra sea anunciada, sino cómo es escuchada y recibida.

Todos pueden oír el mismo mensaje, pero no todos escuchan de la misma manera.

El sembrador, la semilla y la tierra

Jesús mismo explica el significado:

«El sembrador es el que siembra la palabra».

Marcos 4:14

El primer sembrador es Cristo. Él vino a anunciar el evangelio del reino. Pero también participa de esta siembra todo creyente que proclama fielmente la Palabra de Dios: un predicador, un maestro, una madre hablando con su hija, un compañero compartiendo su fe, una iglesia anunciando a Cristo o un misionero cruzando fronteras.

La parábola no nos dice cómo vestía el sembrador, qué tono de voz utilizaba ni cuánto talento tenía. Solo nos dice que salió a sembrar.

El sembrador

Cristo y todo creyente que anuncia fielmente el evangelio.

La semilla

La Palabra de Dios y el evangelio de Jesucristo.

La tierra

El corazón humano y su respuesta ante la verdad.

La semilla es la Palabra de Dios. Es el evangelio de Jesucristo: la verdad acerca de Dios, del pecado, de la cruz, del arrepentimiento, de la fe, de la resurrección y de la vida nueva en Cristo.

La semilla es buena. Tiene vida y poder.

«Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree».

Romanos 1:16

En la parábola se siembra la misma semilla, pero los resultados son diferentes. No porque la verdad cambie, sino porque encuentra distintas condiciones en quienes la reciben.

No podemos eliminar el pecado, el arrepentimiento, la cruz, el juicio o el señorío de Cristo para conseguir una respuesta más favorable. Si modificamos la semilla hasta convertirla en algo que el corazón humano pueda aceptar sin ser confrontado, ya no estaremos anunciando el evangelio que transforma.

Nuestra responsabilidad no es hacer aceptable la verdad a cualquier precio, sino anunciarla con fidelidad, claridad, humildad y amor.

Cuatro formas de recibir la Palabra

Primer terreno

El corazón endurecido

La primera semilla cae junto al camino. El tránsito continuo había compactado la tierra hasta volverla impenetrable. La semilla quedaba en la superficie y las aves se la comían.

«Estos son los de junto al camino: en quienes se siembra la palabra, pero después que la oyen, en seguida viene Satanás, y quita la palabra que se sembró en sus corazones».

Marcos 4:15

Este es el corazón endurecido. No es necesariamente una persona que nunca haya escuchado hablar de Dios. Puede conocer historias bíblicas, asistir a una iglesia o mantener conversaciones espirituales. Sin embargo, la Palabra no penetra.

A veces la dureza se manifiesta mediante una oposición abierta. Otras veces resulta más difícil de reconocer. Alguien puede escuchar mientras examina al predicador, critica su manera de hablar, piensa en otra persona que debería estar presente o busca argumentos para justificarse.

Ha oído las palabras, pero no ha permitido que lo confronten.

La evangelización no es una actividad neutral. Existe una batalla espiritual cada vez que el evangelio es anunciado.

Segundo terreno

El corazón superficial

La segunda semilla cae en pedregales. Bajo una delgada capa de suelo se oculta una base rocosa. La semilla brota rápidamente, pero no puede desarrollar raíces profundas. Cuando sale el sol, se quema y se seca.

«Estos son asimismo los que fueron sembrados en pedregales: los que cuando han oído la palabra, al momento la reciben con gozo; pero no tienen raíz en sí, sino que son de corta duración».

Marcos 4:16-17

Aquí no encontramos rechazo inmediato. Encontramos alegría, entusiasmo y apariencia de vida. La persona parece responder favorablemente, pero no existe profundidad.

La emoción puede acompañar a la fe. El evangelio produce gozo, gratitud, alivio, amor y esperanza. Pero esas emociones deben nacer de haber comprendido la verdad, no sustituirla.

Jesús no prometió ausencia de aflicción. En la parábola no dice «si viene la tribulación», sino «cuando viene».

La prueba revela la raíz.

Tercer terreno

El corazón dividido

La tercera semilla cae entre espinos. La semilla comienza a crecer, pero los espinos crecen con ella, le quitan espacio, luz y alimento, hasta terminar ahogándola.

«Los afanes de este siglo, y el engaño de las riquezas, y las codicias de otras cosas, entran y ahogan la palabra, y se hace infructuosa».

Marcos 4:18-19

Este corazón no rechaza necesariamente la Palabra. Puede mostrar interés por Cristo, sensibilidad espiritual e incluso cierta continuidad religiosa. Pero está ocupado por otros amores.

Los espinos no siempre son cosas malas. Pueden ser el trabajo, el dinero, la familia, la seguridad, el reconocimiento, la comodidad, los proyectos o las preocupaciones por el futuro.

El problema comienza cuando algo creado por Dios ocupa el lugar que solamente le corresponde a Dios.

No niega a Cristo con los labios.
Lo desplaza con sus prioridades.

Cuarto terreno

En buena tierra

«Y estos son los que fueron sembrados en buena tierra: los que oyen la palabra y la reciben, y dan fruto a treinta, a sesenta, y a ciento por uno».

Marcos 4:20

Oyen  ·  Reciben  ·  Dan fruto

La buena tierra no escucha para juzgar la Palabra, sino para ser examinada por ella. La recibe, la guarda y permite que eche raíz. Deja que la verdad confronte, corrija, consuele y transforme.

El fruto no es solamente emoción, conocimiento bíblico o actividad externa. Es arrepentimiento, fe en Cristo, obediencia, amor por Dios, humildad, perseverancia, transformación del carácter y una vida que comienza a reproducir vida en otros.

El fruto no es la causa de la vida. Es su evidencia.

Lo que esta parábola enseña al evangelista

La parábola del sembrador nos prepara para encontrar respuestas diferentes cuando compartimos el evangelio.

Algunas personas serán indiferentes. Otras rechazarán abiertamente el mensaje. Algunas mostrarán entusiasmo durante un tiempo. Otras permitirán que sus preocupaciones y deseos ahoguen lo que han escuchado. Y otras recibirán la Palabra y comenzarán a dar fruto.

Jesús ya nos advirtió que esto sucedería.

Una palabra para quien siembra

  • No te desanimes ante el rechazo.
  • No alteres la semilla.
  • No manipules las emociones.
  • No confundas una decisión inmediata con una conversión.
  • No midas tu fidelidad únicamente por los resultados visibles.
  • No juzgues como si pudieras ver el corazón.
  • No dejes de sembrar.

Esto no significa que nuestra forma de comunicar carezca de importancia. Debemos procurar ser comprensibles, respetuosos y sensibles a la persona que tenemos delante. El amor escucha, conoce y busca palabras adecuadas.

Pero adaptar nuestra manera de comunicar no significa modificar el contenido del evangelio.

Podemos cambiar el recipiente, pero no la semilla.

Evangelizar también es hacer discípulos

La Gran Comisión no termina cuando una persona escucha el mensaje o hace una oración.

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado».

Mateo 28:19-20

Evangelizar es sembrar, pero hacer discípulos también implica acompañar el crecimiento.

La semilla necesita profundidad. El nuevo creyente necesita aprender la Palabra, integrarse en la comunidad cristiana, ser acompañado en sus luchas, desarrollar raíces y aprender a obedecer a Cristo.

La Iglesia no ha sido llamada únicamente a producir decisiones, sino a formar discípulos que perseveran y dan fruto.

La buena tierra termina convirtiéndose también en sembradora.
El fruto contiene nuevas semillas.

Así avanza la Gran Comisión: discípulos que hacen discípulos.

Dios prepara la tierra

La parábola establece un límite que debemos aceptar con humildad: el sembrador puede esparcir la semilla, pero no puede introducir vida en ella ni obligar a la tierra a producir.

Solo Dios puede abrir el corazón.

«Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía».

Hechos 16:14

Nosotros hablamos. El Espíritu Santo convence.

Nosotros explicamos. Dios ilumina.

Nosotros sembramos. Dios da el crecimiento.

Esta verdad no nos conduce a la pasividad, sino a la dependencia. Nos lleva a predicar con fidelidad y a orar con humildad. Nos libra del orgullo cuando alguien responde y de la desesperación cuando no vemos resultados.

No podemos transformar el corazón de nadie, pero servimos al Dios que puede quitar el corazón de piedra y dar un corazón de carne.

La esperanza de la cosecha

Si contemplamos únicamente los tres primeros terrenos, podríamos terminar desalentados. Pero la parábola no acaba con la semilla devorada, quemada o ahogada.

Termina en buena tierra.

Y la cosecha es extraordinaria: treinta, sesenta y ciento por uno.

Lo que parecía pequeño produce una abundancia que el sembrador no podía fabricar. Así avanza el reino de Dios: muchas veces de manera silenciosa, lenta y oculta, pero sostenido por un poder que no depende de nosotros.

Una conversación puede parecer insignificante. Un versículo compartido puede ser olvidado durante años. Una invitación puede ser rechazada. Una oración puede no mostrar resultados inmediatos.

Pero no sabemos dónde está trabajando Dios.

No sabemos qué recuerdo hará volver a una persona a la Palabra. No sabemos cuándo una verdad escuchada mucho tiempo atrás comenzará a echar raíz. No sabemos qué terreno está siendo arado en secreto.

Por eso seguimos sembrando.

¿Qué está produciendo la Palabra en mí?

La parábola no fue dada para que clasifiquemos a los demás desde una posición de superioridad. Nos obliga primero a mirar nuestro propio corazón.

¿Escucho la Palabra y permito que penetre?

¿Me entusiasmo durante un tiempo, pero abandono cuando llegan las dificultades?

¿Estoy dejando que las preocupaciones, el dinero, la comodidad o mis deseos desplacen a Cristo?

¿Está produciendo la Palabra arrepentimiento, obediencia, perseverancia y amor?

Y si ya soy creyente, debo hacerme otra pregunta:

¿Estoy sembrando?

Tal vez no tengas un púlpito ni seas misionero en otro país. Pero tienes una familia, amistades, compañeros, vecinos y personas que Dios ha colocado cerca de ti.

No necesitas transformar sus corazones. No puedes hacerlo.

Tu responsabilidad es amar, orar, dar testimonio y sembrar fielmente la Palabra. Dios conoce la tierra. Dios concede la vida. Dios produce el fruto.

La parábola del sembrador no termina en frustración, sino en esperanza.

Habrá caminos endurecidos.

Habrá brotes sin raíz.

Habrá espinos.

Pero también habrá buena tierra.

La semilla sigue teniendo vida.

El evangelio sigue siendo poder de Dios para salvación.

Cristo sigue llamando.

Y cuando la Palabra cae en buena tierra, la cosecha puede superar todo lo que el sembrador alcanzó a imaginar.

«El que tiene oídos para oír, oiga».

Marcos 4:9

Artículo elaborado a partir del estudio de Marcos 4:1-20 y de diferentes enseñanzas expositivas sobre la parábola del sembrador.

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